Mi primera vez en un hostel

¡Hola!

En Enero llegué a Miami desde Lima por un cambio de itinerario en mi vida; estaba ansiosa, animada y la vez asustada por nuevamente estar viviendo una rutina diferente a la que tenía planeada, pero como alguna vez escribí: ya me he ido acostumbrando a ese tipo de eventualidades en mi camino.

Desde muy pequeña he estado acostumbrada a que si viajo, duermo en hoteles, desde los más cool y lujosos, hasta los normales pero cómodos. Incluso hubo una época en mi niñez en la que mi mamá para cambiarnos la rutina a mis hermanos y a mi, nos llevaba a dormir a cualquier hotel de la ciudad donde vivíamos, un día sin celebración o motivo alguno. Desde eso conocí el movimiento de ellos, y obviamente, me gustó.

En Miami tuve que elegir entre pagar por mi estadía un alto precio, o buscar alguna opción económica para tener más presupuesto disponible y vivir las experiencias que quería y necesitaba. Estaba iniciando el 2018 y tenía la vibra salvaje y de ave Fénix.

Siempre había escuchado a amigas y amigos que viajaban y se quedaban en hostales historias interesantes, pero también tenía el temor de otras cosas que había leido y oido, como por ejemplo que roban, que son sucios, que la gente es rara e incluso que han violado chicas en ellos. Eso realmente me producía temor, sumado a la comodidad y privacidad a la que estaba acostumbrada a vivir siempre en viajes.

Como tenía la fiebre de “empezar año”, pues me dije a mi misma: vamos a vivir experiencias nuevas y a salir de la caja para ver que tal. Estaba aterrada, pero motivada.

Empecé a buscar reviews de hostales en South Beach porque era donde quería ubicarme la mayor parte de mi estadía; llamaba a preguntar, miraba las fotos, indagaba por facebook, instagram e incluso google para encontrar cualquier cosa que me diera el go. Duré en ello al menos dos días.

Al segundo día ya había visto varios y ninguno me convencía, aunque desde el principio había llamado a uno donde -sin saberlo- hablé con su dueño y notó que era mi primera vez indagando de hostales por mi tipo de preguntas, ya que dije cosas como ¿y no es peligroso? ¿No tiene una habitacion privada a buen precio? ¿Y la gente que tal es?, a lo que él amablemente me dijo: “Venga y conoce y si no le gusta cambia de hostal, pero yo sé que le va a encantar”… ¡cuanta razón tenía!

Cuando llegué todo me gustó. La vibra desde que me registré en el front desk fue fluida y dió paso a una de las mejores experiencias que he vivido. Me hice amiga de todos ahí, desde los recepcionistas, hasta las señoras que limpiaban las habitaciones.

Estuve tres semanas hospedada y ya sé que es mucho tiempo para lo que normalmente alguien se queda en un hostel, pero estaba pasando por un momento de transición en mi vida donde no tenía ni idea para donde iba, así que me relajé y me gocé los días allí. A pesar de que la estaba pasando genial, me enfermé horrible de una fuerte gripa que me acompañó durante las tres semanas que estuve ahí e incluso en eso, el personal del hostal se portó divino conmigo, al punto de estar pendientes y llevarme té caliente a la habitación, cosa que le da un bono extra al lugar.

En esas semanas lo que viví cambió mi perspectiva acerca de la vida que estaba llevando, entendí que sigo en mis veinte y que es más lo que tengo por aprender y divertirme, que por preocuparme y amargarme. Hablé con muchísimas personas con las que compartía sólo un par de días, las cuales me enseñaron una lección acerca del apego, y también con otras con las que estuve por semanas, que me recordaron que la amistad no tiene idioma, país, ni tiempo, pues aunque no sabíamos cuando nos volveremos a ver, creamos un vínculo y la complicidad de habernos conocido.

Recuerdo a tantas personas. Vicky, la primera compañera de la habitación de seis chicas que compartí todo ese tiempo, con la que establecí una amistad, una argentina maravillosa que fue mi partner de locuras y conversaciones, con la cual hasta hoy sigo en contacto. Tres hermanas argentinas también, Eve, Tamy y Sofi, con las que las risas eran incontables, hasta el punto de remedarme en mi cama con mi ropa y revista mientras yo estaba por fuera. Amanda, una chica de Washington que se estaba divorciando a mi edad, y de la cual aprendí que no importa que pasé, hay que seguir. Penelope, una francesa que vive en Cancún y ama que le digan que es mexicana, me hizo reír con sus historias de compras y su acento de novela. Angelina, una médica rumana que vive en Martinica y con la que hablé horas de la vida, pues compartía historias como las mías, aunque en diferentes partes del mundo.

Sin contar todas las chicas que pasaron un día o dos en la habitación y de las que con solo una conversación superficial pude aprender tanto. También los chicos que conocí en el lobby, bar, cocina y fiestas que se organizaban. Andrea, un italiano que estaba pasando problemas de depresión, que se convirtió en uno de los mejores amigos que tuve ahí, pues hicimos un grupito llamado “10 o’clock at the beach”, junto a Ewout, un holandés que ama la moda y trabaja en ella, Lion, una israelita que estaba haciendo un curso de inglés y se hospedó casi mi mismo tiempo ahí, Giuliano, el mejor amigo de Andrea que estaba en otro hostel, pero siempre llegaba al nuestro; chicos de otras habitaciones como el “water boy”, un alemán guapísimo que le gustaba a casi todas mis amigas, y que sólo tomaba agua, por lo que lo apodamos así; Adri, una barranquillera diseñadora con la que tuve feeling inmediato aunque estaba en otra habitación y con la que también sigo en contacto. Joan, un chico español que canta reggaeton y del que me hice muy cercana, resultó que su mamá es de mi ciudad, Pereira. También un grupo de amigos gays de Colombia, quienes no estaban hospedados ahí, pero que llegaban al bar para los happy hour, ellos me recordaron la amabilidad, la solidaridad y el patriotismo por fuera de nuestro país, Deiby, Alex, Fabian, Walter y Javier.

Tantas personas que voy recordando al escribir esto, que voy sintiendo nostalgia porque no sé si algún día vuelva a verlos. A todos los llevo en mis recuerdos y corazón, y a todos les agradezco tantas cosas que me enseñaron sin saberlo.

En todo caso, puedo asegurarles que fue una experiencia enriquecedora por donde se mire, no sólo comprobé que hay hostales geniales, limpios, seguros y que se convierten en una especie de fraternidad, sino que practiqué mi inglés, hice nuevas amistades, escuché puntos de vista diferentes a los míos, me alejé de la depresión, comprendí que soy joven y no hay prisa, ahorré mucho pagando ahí y no en un hotel, y quedé con lo más valioso: AMIGOS.

Si están pensando ir a Miami y quieren ir a un buen lugar, hoy puedo recomendarles 100% Beds-N-Drinks, el hostel que fue mi casa casi un mes, y al que sin duda, voy a regresar. La gran lección para mí fue salir de la zona de confort y dejarme maravillar con lo que puedo disfrutar del otro lado del miedo y al otro lado de lo conocido.

En esos días también salí de fiesta aunque moribunda por la gripa, y disfrutaba ir a la playa sola para pensar y agradecer. ¡Fue una gran experiencia!

Enjoy!

Este solía ser el desayuno de todos los días en el hostel.

2 comentarios sobre “Mi primera vez en un hostel

  1. Ecxelente Post, en general yo he tenido muy buenas experiencias con los hostales, a los que fui siempre encontre personas muy agradables y creo que son muy buena opcion para hacer un viaje economico y comodo.

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