Por qué amo viajar

¡Hola!

Viajar se ha convertido en parte de la moda post moderna y lo podemos ver en todas las redes sociales -en especial en Instagram- donde se exponen día a día millones de fotografías alusivas a viajes y experiencias que sin duda, hacen que todos queramos hacerlo. Mi caso no es la excepción aunque más allá de una moda, ha sido parte de mi vida desde pequeña.

Empecé a viajar por carretera porque mis papás se mudaron al Valle del Cauca y el resto de mi familia vivía en Pereira, por lo tanto, cada fin de semana -o al menos una vez al mes- era sagrado emprender el camino para reunirnos con los demás; a mi me emocionaba muchísimo el viaje, leía todas las vallas publicitarias, me imaginaba la vida de todas las personas que veía en el camino (tipo la chica del tren), me encantaba mirar el cielo, sobre todo si anochecía porque me gustaba pensar que la luna me perseguía, amaba el paisaje y contaba los animales que observaba en el camino. Nada de lo anterior ha cambiado con los años, de hecho, he agregado nuevos pasatiempos en el camino como pensar, reflexionar, tararear mis canciones favoritas, escribir, e incluso visualizar cómo quiero que sea mi vida con los árboles de testigos.

Lo mismo me pasa si el recorrido es en avión, tengo todo un ritual que he desarrollado con el tiempo que incluye escuchar ¨dancing on my own¨de Calum Scott,  re leer mis libros favoritos, terminar algunos que dejo a medio camino, escribir mis pensamientos o conversar conmigo misma, (sí, se lee loco pero es terapéutico) y meditar agradeciendo a Dios, sobre todo cuando el vuelo es en el amanecer o el atardecer y puedo cruzarme por el cielo lleno de colores increíbles que me hacen hasta llorar de emoción.

El camino para llegar al destino es sin duda lo que más me gusta si hablamos de que debo elegir algo, pero lo que sin duda trasciende en mi alma de los viajes es poder llegar como turista a mi propio ser; con esto me refiero al proceso de conocimiento que he tenido de mí misma al iniciar un trayecto hacía cualquier parte, porque en realidad he descubierto que la ciudad o país no es tan importante como lo que se aprende estando ahí. Es cierto que se expande culturalmente la visión cuando viajamos, pero también es una realidad que donde más se explora es en nuestra propia vida, como menciono, se llega como turista no sólo al lugar, sino a nuestro ser, pues es en situaciones fuera de nuestra zona de confort donde aprendemos qué tenemos para dar, qué no, cómo reaccionamos e incluso cómo nos hablamos a nosotros mismos, pues muchas veces el viaje se hace solo.

Viajar me ha enseñado a aceptar cada cualidad y cada defecto que tengo, me ha hecho entender que el drama no es necesario, me ha aportado madurez y valores que he desarrollado espontáneamente en el camino. Me ha permitido conocer personas increíbles, juntarme con culturas que desconocía, estar en un mismo ambiente con varias de ellas y también me ha demostrado la importancia de la humildad, el carisma, la solidaridad y sobre todo, a no juzgar. Lo que también me ha enseñado hacer una maleta y llegar a un destino ha sido el desapego, creo que es lo que más agradezco de los viajes, pues he conocido personas que gustan de algo que yo tengo y sin ningún remordimiento se los regalo; al igual que cuando llego a un sitio y descubro lo afortunada que soy al tener algo material que otros no pueden tener por distintos motivos, pero ahí es donde reflexiono y llego a la conclusión de que con ese objeto, o sin él, igual soy feliz y que eso no interfiere para tener la experiencia que vivo en ese momento.

No sólo me he desapegado de lo material, también -y lo más importante- de personas, sentimientos, resentimientos y hasta costumbres que venían conmigo en piloto automático. Por ejemplo, me costó en un principio comprender que las personas a lo largo de nuestra vida son temporales, pero con esto aprendí que hay muchas de ellas que DECIDEN ser eternas en todos los momentos de mi vida; hay amistades que se dejan en el camino, y otras por el contrario, florecen en el mismo. Hay algunas que se quedaron en la estación del tren, en la sala de abordaje o en Nueva York, como también existen esas que me ayudaron a hacer la maleta de mi primer viaje internacional, las que lo soñaron conmigo y lo cumplimos juntos, las que me han llevado al aeropuerto cien veces y siguen ahí para recogerme cuando regreso.  A todas, por igual, les estoy profundamente agradecida.

La mentalidad cambia totalmente cuando se llega a un nuevo lugar, incluso cuando regreso al mismo que ya no es tan extraño para mí me doy cuenta de que la que no es la misma soy yo, pues veo cosas que en una primera oportunidad no observé, conozco personas que antes no y pienso diferente a unos meses o años atrás, y eso me permite tener diversas experiencias de un mismo lugar, lo cual es mágico y es la mejor analogía de mi propio ser, pues he sido muchas mujeres en este mismo cuerpo y de todas cada vez aprendo más y diferentes cosas.

En fin, amo viajar por todo lo anterior, porque me permite descubrir el mundo bajo mis lentes, tener anécdotas fabulosas y rodearme de personas que van por ahí, vibrando igual que yo y tengo la suerte de encontrarlas. Pero puedo concluir que viajar me ha dado vida porque llego como turista a mí misma y termino volviendo como local.

Enjoy!

3 comentarios sobre “Por qué amo viajar

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